En México, ¿Qué nos está quitando el sueño?

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Aún recuerdo cuando el Dr. Alan Wallace preguntó en una conferencia sobre felicidad, “¿por qué creen que el peor castigo que puede recibir un reo es el confinamiento?”. Por un momento el silencio se adueñó de la sala mientras los asistentes, al menos yo lo hice, intentábamos llegar a una respuesta en nuestra cabeza. Pero, entonces, el ponente aclaró toda duda al decir:

-“Porque ahí no pueden escapar y no se pueden esconder de lo que hay en su mente”.

Guardando toda proporción, el insomnio es algo similar a ese aislamiento que reciben los presos como castigo a una mala conducta, y es que, cuando no podemos dormir, ahí en la soledad de nuestro cuarto o cama—ya sea que dormimos solos o que nuestra pareja ya está en los brazos de Morfeo—, debemos confrontarnos con lo que hay en nuestra cabeza.

En este sentido, vale la pena señalar que la mente es un órgano reflejo, reacciona a absolutamente todos los estímulos que nos llegan en el día a día y por eso no debiera sorprendernos que en la actualidad miles de mexicanos estén teniendo serios problemas para conciliar el sueño. Y es que, así como la culpa, el rencor, el temor, la ira y el odio suelen carcomer la conciencia de los reos que van “al hoyo”, la preocupación, la incertidumbre, la impotencia y el miedo ante el contexto político, social y económico que enfrenta nuestro país está provocando largas y constantes noches de vigilia en un creciente porcentaje de la población general.

Una economía que no se mueve, desempleo, pero sobre todo violencia e inseguridad, son algunos de los factores que literalmente le están quitando el sueño a los mexicanos. Esto es algo que quedó en evidencia esta semana luego de que IMS Health, firma que analiza el mercado farmacéutico en México, diera a conocer que el consumo de medicamentos para tratar el insomnio o sedantes crece aceleradamente en el territorio nacional y que Coahuila, Hidalgo, Tamaulipas, Sinaloa, Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes, Sonora, Nuevo León y Guanajuato son las entidades en las cuales la demanda de medicamentos para tratar los trastornos del sueño avanza a mayor ritmo.

Lamentablemente, el tema no es menor pues el insomnio bien puede convertirse no solo en un problema de salud pública y de bienestar, sino en uno económico e incluso de seguridad nacional[1]. Y es que, dentro de las consecuencias de este trastorno, se encuentran la disminución de la capacidad de atención, el deterioro de las respuestas motoras, la disminución en la capacidad de toma de decisiones, empeoramiento de la memoria, deterioro de determinadas funciones cerebrales y la pérdida de tolerancia y control del humor. Adicionalmente, los especialistas han encontrado asociaciones significativas entre el no poder conciliar el sueño y una gran cantidad de enfermedades somáticas y mentales.

¿Se imagina usted las implicaciones de lo anterior en el plano laboral o en una sociedad donde la violencia es el pan de cada día?

Finalmente y en cuanto a la felicidad y el bienestar, según diversas investigaciones –entre las que destacan las del académico de Harvard, Matt Killingsworth–, los seres humanos no solo tenemos entre 50 mil y 70 mil pensamientos a lo largo de un día, sino que el 47 por ciento del tiempo entre que despertamos y dormimos nuestra mente divaga a otras cuestiones y no está enfocada en la actividad que estamos realizando. Más significativo aún es saber que cuando los seres humanos divagamos, mayormente lo hacemos hacia preocupaciones, problemas pendientes y recuerdos que nos generan tristeza o frustración.

Entonces y regresando al tema del insomnio, cuando un individuo pasa la noche en vela podemos asumir que esa cantidad de pensamientos no solo se multiplica, sino que éstos también se centran en cuestiones que terminan por ser muy aflictivas para la mente.

Curiosamente, o no tanto, Killingsworth descubrió que la felicidad, el bienestar y, por ende, la buena salud mental de las personas están directamente relacionadas a su capacidad para estar centradas en el presente y no divagar. O en otras y más simples palabras, que los individuos somos sustancialmente menos felices cuando nuestras mentes están deambulando que cuando no lo están; sí, así como cuando queremos dormirnos y no podemos porque la cabeza no deja de darnos vueltas.

Es así, por un lado y desde una persona que sufrió de insomnio desde temprana edad, que me permito sugerirle que si usted está padeciendo de este problema, más que un fármaco que eventualmente puede generar cierta dependencia, busque otra alternativa como lo es elentrenamiento de la atención[2] (que, precisamente, nos da las herramientas para serenar una mente agitada).

Mientras que, por el otro y en tiempos electorales, me pregunto quién de los candidatos, sobre todo a una gubernatura o puesto de representación federal, tiene o tendrá la visión para reconocer esta latente crisis de salud mental y entonces incluir en sus plataformas de campaña alguna propuesta conducente para intervenir sobre este asunto.

Y es que insisto, este problema no es trivial pues, como muchos grandes pensadores han dicho, la verdadera libertad está en la mente. Si no, pregúnteles a esas personas que, incluso bien cobijados, con un techo y una almohada en la cabeza, simplemente no pueden descansar como su cuerpo se lo pide.

Referencias.

[1] “Entre los síntomas más comunes asociados al estrés por exposición a violencia 31% reportó angustia frecuente o gran esfuerzo para cumplir con tareas cotidianas y 36.1% reportó irritabilidad. 1 de cada 4 reportó insomnio frecuente y 28% desesperanza…La investigación demuestra que las personas bajo estrés o que se encuentran atemorizadas, tienden a ser menos tolerantes, más reactivas, más excluyentes de otros, y favorecen menos las decisiones democráticas y la integración. Por tanto, el miedo a la violencia no es simplemente un tema de salud mental, sino un tema de seguridad nacional, de democracia, de prosperidad, de desarrollo y de paz”,  Meschoulam, Mauricio. Violencia, paz y miedo colectivo en México, El Universal.

[2] “Los estudios científicos han demostrado lo que hace más de dos mil años ya sabían los budistas, es decir, que un estado de atención consciente ayuda no solo a reducir el estrés o la ansiedad, sino también a ser más creativos, a poder juzgar y valorar las situaciones con mayor claridad, a aumentar la resistencia emocional y a disfrutar más de lo que se está haciendo. Como tantas otras capacidades del ser humano, la atención también se entrena” Garcia de Oro Gabriel. ‘Mindfulness’: la atención plena (El País).

Colaboración para La Otra Opinión de Ricardo Alemán, 25 de Marzo 2015

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

Facebook: En Busca De Antares

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