TRABAJOS DE DUELO LARGOS, DESGARRADORES Y, QUIZÁ, INTERMINABLES EN AYOTZINAPA.

Meses atrás (mucho antes del caso Iguala), una investigación conducida por el Dr. José Calderón y el especialista en procesos de paz, Mauricio Meschoulam, puso el dedo en la llaga: no hay una preocupación, una estrategia o un programa nacional integral para tratar el impacto mental y emocional que la violencia va dejando día a día en nuestro país.

Sin embargo, la magnitud de la tragedia de Ayotzinapa ha removido el polvo de un caso aún más tétrico en cuanto a la salud mental de las víctimas de violencia se refiere: los largos, desgarradores y quizá interminables trabajos de duelo que los familiares de los desaparecidos deben afrontar.

Por ejemplo, apenas este fin de semana y después de poco más de dos meses, la familia de Alexander Mora pudo dar un pequeño paso en el largo proceso de reorganización que cualquier persona debe caminar tras perder a un ser amado después de conocer la evidencia científica que señala que los restos encontrados en Cocula coinciden con el ADN de su hijo.

Y digo que pequeño porque si bien una de las funciones evolutivas de la tristeza es disminuir nuestra energía para entonces darnos una pausa que nos permita reflexionar sobre lo que sigue en la vida, las propias declaraciones de Ezequiel Mora, padre del estudiante, nos reflejan que a pesar de dolor él no se abandonará al desconsuelo y seguirá en la lucha hasta que se encuentre a los otros 42 jóvenes y se ponga tras las rejas a todos los responsables.

En este sentido, cabe señalar que para el Dr. Paul Ekman, uno de los grandes expertos en el estudio de las emociones humanas, existe una clara diferencia entre tristeza y agonía (agony). Mientras que la primera es mucho más pasiva y tiene que ver con la resignación, la agonía es una emoción que va mucho más allá, que representa un intenso sufrimiento, pero que también es una especie de protesta que intenta afrontar activamente el origen de una perdida.

En el mismo orden de ideas, triste pero creo que realistamente (aún más después de los resultados que dieron a conocer los peritos en antropología forense), hoy son pocos los que confían que aparezcan los demás estudiantes con vida o—y cómo duele escribirlo—que aparezcan en sí. Y retomando el proceso de duelo, una vertiente verdaderamente dramática de este caso es que la gran mayoría de los familiares de los jóvenes desaparecidos se encuentran aún en una fase de aturdimiento, de incredulidad, de negación y también de esperanza; el propio señor Mora lo estaba apenas unos días atrás.

Pero por supuesto no se trata de juzgarlos (la gran mayoría de nosotros actuaríamos igual ante una situación similar) o mucho menos de pedirles insensiblemente que le den vuelta a la página. Aquí la crítica y la reflexión deben ser sobre cómo la deshumanización de la sociedad ha permitido que un grupo de individuos desaparezcan uno o 43 cuerpos sin importarles que sus familias no tendrán la oportunidad de llorarles, de despedirse y de darles sepultura.

Curiosamente, o no tanto, otra de las funciones evolutivas de la tristeza o la agonía es pedir ayuda. Es por eso que, por más que pasen los días, los meses y hasta los años, los ciudadanos debemos seguir exigiendo a las autoridades que se llegue al fondo este caso. Y es que hasta que eso no suceda, los familiares de los estudiantes seguirán con un proceso interno extenuante y desgarrador que les impedirá reorganizar y retomar sus vidas.

Es decir, que más allá de cualquier indemnización, lo que realmente podría empezar a ayudar mental y emocionalmente a estas víctimas de la violencia es encontrar a los otros 42 jóvenes (lo que se antoja muy complicado) y dar certidumbre científica de su muerte e impartir total justicia.

Por último, lo verdaderamente trágico sobre estos procesos de duelo que simplemente no pueden avanzar y se quedan en las fases de negación, desorganización,
desesperanza, depresión y
sentimientos
 de
 cólera
 e
 ira
 generalizada contra quienes
se
considera
responsables de
la muerte del ser amado, es que Ayotzinapa es tan solo la punta del iceberg. Según un reportaje publicado el pasado 5 de diciembre por The Telegraph, en México han desaparecido 22 mil 610 personas desde 2007.

Ideas de suicidio, irritabilidad, ansiedad, pérdida de energía, trastornos del sueño, dificultades de memoria, atención y concentración, pensamientos obsesivos, alucinaciones auditivas y visuales y aislamiento social son tan solo algunas manifestaciones corrientes de un proceso de duelo que, evidentemente ante un caso de desaparición, presunta tortura y/o asesinato, se magnifican, se acrecientan y se arraigan.

Por lo que vale preguntarse quién está apoyando a estas víctimas de la violencia y si el Estado Mexicano se está previniendo para enfrentar la latente crisis de salud mental que se avecina en nuestro país.

Colaboración para La Otra Opinión de Ricardo Alemán, 9 de diciembre 2014.

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

Facebook: En Busca De Antares

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s