¿Violentos? No son los genes, sino los desequilibrios de la mente.

“You can’t just take genetics and tell if someone’s a criminal or a psychopath” James Fallon.

Por la importancia que The Atlantic le está otorgando a la divulgación de estudios e investigaciones sobre la neurociencia, el comportamiento humano y las emociones, esta legendaria publicación estadounidense se ha convertido en una de mis favoritas.

Y precisamente revisaba algunos contenidos cuando me encontré con una entrevista que simplemente me impactó: Life as a Nonviolent Psychopath.

El texto inicia con una increíble anécdota. En 2005 James Fallon, un connotado neurocientífico, trabajaba en su laboratorio en una investigación sobre el Alzheimer. De pronto, el Dr. se percató de lo que parecía un error en los escáneres cerebrales. Y es que paralelamente al estudio sobre la enfermedad degenerativa, también se estaba llevando a cabo (en el mismo laboratorio) otro estudio sobre la psicopatía. Al observar las tomas, Fallon pensó que uno de los “cerebros asesinos” se había mezclado en su trabajo.

Los escáneres estaban etiquetados de forma anónima, por lo que el investigador le pidió a uno de sus asistentes que corroborara el código para confirmar el error y colocar la exploración en el lugar que le correspondía. Sin embargo, cuando el neurocientífico vio los resultados se sorprendió y ordenó comprobar el código de nuevo, pero no había ningún error en el orden de los escáneres; la exploración del cerebro que reflejaba características de psicopatía era el suyo.

Al percatarse de lo anterior, James Fallon se quedó atónito pues él estaba lejos de ser un despiadado asesino sin escrúpulos, que disfrutaba del dolor ajeno y que contaba con una extraordinaria habilidad para manipular las emociones propias y de los demás (concepción que la gran mayoría de nosotros tenemos de un psicópata gracias a las películas y series de televisión).

No obstante, antes de este descubrimiento el autor de “The Psychopath Inside: A Neuroscientist’s Personal Journey Into the Dark Side of the Brain”, estaba convencido de que el 80% de en quiénes se convertían las personas estaba determinado por los genes y solo el 20% por el entorno en el que se habían desarrollado. Pero evidentemente la hipótesis anterior no cuadra con su propia experiencia de vida.

Entonces, la pregunta obligada es, ¿qué factor marcó la diferencia en el desarrollo de Fallon? Y la respuesta es el ambiente en el que se crio.

(…) I found out that I happened to have a series of genetic alleles, “warrior genes,” that had to do with serotonin and were thought to be at risk for aggression, violence, and low emotional and interpersonal empathy—if you’re raised in an abusive environment. But if you’re raised in a very positive environment, that can have the effect of offsetting the negative effects of some of the other genes.

Lo anterior me parece especialmente significativo porque si bien un cerebro puede tener cierta predisposición para la violencia, la mente no necesariamente debe compartir esta condición. Y es que si bien cerebro y mente están interconectados, en este punto es importante mencionar que estos no son la misma cosa (al menos no hay evidencia científica que indique lo contrario; algo que por cierto no se maneja en la entrevista).

Dicho lo anterior, creo que el hallazgo de James Fallon indica que los agentes de socialización (padres de familia, educación, religión y medios de comunicación), así como el entorno en el que cada individuo crece, es mucho más significativo para la salud y el equilibrio mental/emocional que la propia carga genética de cada uno de nosotros.

En otras palabras y como también señala Daniel Goleman en la “Inteligencia Social”, que los genes no son destino; Y si incluso estos “genes asesinos” son incapaces de determinar en qué clase de personas nos convertiremos, tal parecería que la concepción de violencia no forma parte de la naturaleza de nuestra mente, sino que surge a partir de causas y condiciones que alteran, agitan y terminan por enfermar a nuestra consciencia.  

Por último y a manera de conclusión, este caso me lleva a reflexionar sobre el ambiente en el que están creciendo millones de niños y jóvenes mexicanos. Y es que si, como dice Goleman, la falta de empatía es “un valor de supervivencia en los barrios violentos” y las personas que viven en un ambiente hostil tienen mucho más probabilidades de comportarse de manera agresiva sistemáticamente, el panorama en nuestro país no es alentador.

Es por lo anterior que es urgente que todos y cada quien desde su trinchera, haga un consciente esfuerzo por cultivar la paciencia, el amor y la tolerancia en uno mismo y en su entorno inmediato. De lo contario y en contraste con el caso de James Fallon, miles de niños y jóvenes que no tienen ninguna predisposición genética para ser agresivos o psicópatas, bien podrían convertirse en asesinos inhumanos y sanguinarios. Y es que no son los genes, sino los desequilibrios mentales los que nos vuelven violentos.

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

Facebook: En Busca De Antares

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