La historia de 2 “inundaciones”: todo problema es una oportunidad para practicar la IE.

Viernes; el volumen de voz de los actores se ve comprometido por las gotas de lluvia que pegan en el techo de lámina del teatro de La Fábrica. Después de algunos minutos me percato de que lo que está cayendo es una verdadera tormenta; durante toda la segunda parte de la obra Cromo nos costó mucho trabajo escuchar las líneas de la puesta en escena.

Cuando bajó el telón, mi esposa y yo decidimos salir del centro cultural lo más rápido posible, ¿quién sabe cómo estén las calles de la ciudad?

Sigue lloviendo, por lo que voy corriendo al estacionamiento para sacar el coche y recoger a Maggie en la puerta de La Fábrica.

Cenar fuera ya no es una opción; me encamino a nuestro hogar.

Dos accesos son los más viables, tomo uno; mala idea, la calle está inundada y algunos coches ya se regresan en sentido contrario; mi mente rápidamente busca una alternativa que prevenga la desesperación que produce el no poder avanzar. Corrijo el camino y tomo la segunda opción pero la cosa salió peor; la avenida está completamente parada y entonces empiezo a sentir una tanto de insatisfacción y molestia ante los obstáculos que se interponen en nuestro camino.

Una vez más decido cambiar de ruta; voy de nuevo por la primera opción.

El camino es lento, pero sí avanzamos. Durante el recorrido vemos algunos coches varados y con el agua hasta por arriba de las llantas. En nuestro sentido la cosa está mejor; lento pero seguro y por fin llegamos a casa.

Abrimos la puerta principal con la idea de cenar, escuchar algo de música, platicar de la obra y tomar un par de copas de vino tinto…satisfacción total.

Entonces giro la llave, empujo la puerta y ¡oh! gran sorpresa las que nos llevamos; la casa está inundada.

Mi primera reacción, sorpresa, pero rápidamente diferentes estímulos alteran mi estado emocional y ahora siento molestia.

Entramos y recorremos el departamento; nadie habla. De pronto descubro al culpable de la inundación; el patio trasero está completamente saturado y es por debajo de la puerta por donde se metió el agua (y por si fuera poco, lodo).

Sigue lloviendo, así que más me vale hacer algo por desfogar el patio; shorts, playera, chanclas y una cubeta son mi herramienta de trabajo.

Me poso en el centro del patio y empiezo a sacar el agua por arriba de una pared. Al cabo de unos minutos mi espalda baja resiente el esfuerzo y entonces mi mente empieza a agitarse, quiere desesperarse, quiere gritar, golpear, maldecir y mandar todo al demonio.

Sin embargo, no sé de dónde llega un poco de cordura; pienso en los miles de mexicanos que perdieron, no sólo todos sus bienes materiales, sino, en muchos casos, a algún familiar o amigo. Entonces empiezo a negociar con la mente, visualizó a los damnificados, me llega un sentimiento de empatía y compasión.

Acto seguido: empiezo a respirar, tomo conciencia de lo afortunado que soy dentro de mi “desgracia”, me rio un poco, sonrió y hasta pienso: bueno, un poco de ejercicio a nadie la cae mal.

La carga de trabajo es considerable y por momentos el cansancio provoca que mi mente coquetee con la desesperación, la frustración y la ira; respiro e intento que esos pensamientos simplemente salgan de mi cabeza.

Cerca de las 4 am dejamos el departamento habitable; decidimos irnos a dormir y continuar con la limpieza por la mañana; a las 3 pm la casa está impecable; ahora podemos disfrutar del fin de semana…

Lunes; apenas han pasado algunas horas desde que se inundó nuestro hogar. Este día tengo pensado hablarle a la dueña de la casa para pedirle que tomemos algunas medidas para evitar una futura situación como la que ya vivimos. Sin embargo, el primer día de la semana suele ser de varios pendientes; el tiempo pasa volando, ya se acerca la hora de regresar al hogar y yo no me he comunicado con mi casera.

De pronto en la oficina corre el rumor de que por donde vivo llueve torrencialmente; mi sistema se estresa inmediatamente; salgo corriendo, tomo el coche y entonces trato de decidir la ruta más rápida para llegar a casa. Pocos minutos después el panorama se nubla; una de las principales avenidas de la ciudad ya presenta grandes encharcamientos y temo lo peor.

Intento apurarme pero el tráfico no me lo permite. Minuto a minuto, las esperanzas de que el agua no se haya mentido de nuevo a la casa, se van apagando.

Recorro el mismo camino del viernes y entonces todo me parece un deja vu; ojalá el desenlace sea diferente, pienso.

La realidad es que una toalla grande que pusimos como barrera es la única variable que podría cambiar el resultado, pero por la intensidad de la lluvia, esto se antoja poco probable.

Llego al fraccionamiento y no espero encontrar buenas noticias. Una pequeña idea en mi mente intenta mantenerme optimista y desea con gran fervor que el agua no haya ingresado o, que en el peor de los casos, lo haya hecho mínimamente; abro la puerta y rápidamente descubro que la casa una vez más está cubierta por agua y lodo.

En esta ocasión mi reacción es diferente; un súbito sentimiento de ira se apodera de mí, pero así como viene, se va. Tal parece que mi mente resintió que esa pequeña expectativa de que las cosas salieran bien se hayan súbitamente, pero rápidamente me enfoco en que debo hacer para solucionar la situación.

Todo comienza de nuevo: shorts, playera, chanclas, cubeta, jalador, escoba trapeador. Sin embargo, creo que algo sí cambio, de alguna manera vivo diferente esta, diferente, pero muy similar situación; estoy de mejor de humor y fuera de esa chispa de coraje, tengo más paciencia y tolerancia hacia esta experiencia.

¿Qué cambio?

Ha decir verdad no o lo sé, pero mientras escribo este texto detecto que en estas experiencias (sobre todo en la segunda) apliqué, sin darme cuenta, muchos de esos antídotos de los que tanto he leído, escuchado, divulgado y practicado (por años y a veces sin éxito) para gestionar mis emociones: respirar conscientemente, evocar emociones “positivas”, visualizar otros escenarios, momentos o realidades, enfocarse en la solución y no generase expectativas de que las cosas deben salir de determinada manera, parece que me han hecho sobrellevar emocionalmente estas estas vivencias que les narro.

¿Será que mi inteligencia emocional se ha desarrollado?

No lo sé, y tampoco me confío porque si no sigo deseando, practicando, reflexionando y estimulando el desarrollo de está habilidad, en una próxima experiencia mis emociones podrían traicionarme y entonces podria pensar, decir o hacer algo de lo que me arrepienta cuando la cabeza este fría.

Por lo pronto, me doy cuenta que cada situación, experiencia o circunstancia adversa, son una oportunidad para practicar la paciencia, la tolerancia y la ecuanimidad.

Sí, me da gusto haber actuado como lo hice, pero también debo entender que eso ya quedo en el pasado.

José Manuel Guevara S
Twitter: jmguevaras

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