La desigualdad social de unas vacaciones.

Han sido días muy felices pero muy intensos. Apenas hace tres días acabo de casarme con el amor de mi vida, mi mejor amiga y la mejor persona que he conocido. El lunes todavía fuí a la oficina a sacar algunos pendientes y salí cerca de las nueve de la noche. El martes fue de mudanza, dejar todo listo en nuestro nuevo hogar para cuando regresemos de la luna de miel. El miércoles fue de varias horas de viaje, pero por fin estamos por llegar a nuestro primer destino.

Arribamos a Cancún pero ahí tomamos el coche para dirigirnos a Chichén Itzá; son dos horas de viaje aproximadamente. Apreciamos el atardecer durante el trayecto, pero la oscuridad nos ha ganado hacia la parte final del recorrido. La carretera es extremadamente tranquila, son pocos los vehículos con los que nos hemos topado y por momentos parece que somos los únicos en el camino.

Pasamos un pueblito ya a las afueras de la zona arqueológica de Chichén Itzá y pedimos indicaciones para llegar al hotel. Al cabo de diez minutos vemos el acceso a nuestro lugar de hospedaje, pero aún nos faltan algunos kilómetros al interior de la selva. La oscuridad nos cubre casi por completo por lo que me apoyo en las “altas” del coche para tener una mejor visibilidad. Toda clase de ruidos provienen desde los arboles; estamos en medio de la nada.

Por fin llegamos a una puerta en donde el personal de seguridad pregunta nuestro nombre y nos deja pasar. Vamos al lobby, nos registramos y nos llevan a nuestra habitación.

Decidimos bajar a la alberca para relajarnos un poco del largo trayecto y es la paz total; nos preguntamos si acaso seremos los únicos huéspedes en el hotel. La bien iluminada alberca está rodeada de arboles de donde cuelgan algunas lámparas que dibujan un inmejorable escenario romántico. Los ruidos que provienen de los alrededores son impresionantemente altos y es prácticamente lo único que se puede escuchar. Un mesero nos dice que son ranas y nos confirma que por esta noche somos los únicos huéspedes.

Me echo un clavado y recibo un inmediato golpe de relajación. Nado un poco hasta alcanzar una barda que sirve como caída de agua para los otros niveles de la alberca. Poso mis brazos sobre la misma y entonces pienso en la placentera experiencia que estoy viviendo. Subo la mirada y el cielo está plagado de estrellas, ¿acaso podría pedir algo más? No hay dolor, no hay preocupaciones, no hay estrés, no hay sufrimiento.

Es así que por un momento estoy tentando a confundir esta sensación con felicidad auténtica, pero entonces algo, no sé qué, me invita a dar un paso atrás y a reflexionar; me gusta pensar que son las estrellas y es siempre que las observo recuerdo que soy diminuto. Quizá si todos las observáramos más seguido, difícilmente pecaríamos de soberbia.

Precisamente en ese momento que puedo apreciar la brevedad, lo efímero y la impermanencia de esta experiencia. Cambio de perspectiva y decido agradecer la oportunidad de estar aquí, con mi esposa, en nuestra luna de miel, en medio de la nada, en un increíble escenario y alejado, por unas horas, de cualquier vicisitud de la vida. Entro en conciencia de lo afortunado que soy y esto es algo que me agradeceré en los días por venir.

Al día siguiente nos despertamos temprano para aprovechar el día: desayunamos, tomamos café, caminamos, nos metemos de nuevo a la alberca, nos bañamos, dejamos el increíble hotel en medio de la naturaleza y nos encaminamos a la zona arqueológica de Chichén Itza.

Es la primera vez que visito este lugar, por lo que mi expectación esta al máximo. Apenas nos acercamos y varios guías nos hacen señales para que nos detengamos. Nos frenamos y al principio no tengo la intención de contratar los servicios de uno, sin embargo Beto es un excelente vendedor y me convence.

Entramos a la zona arqueológica y lo primero que me llama la atención es la cantidad de vendedores “ambulantes”; el interior de Chichén Itzá es un mercado en toda la extensión de la palabra.

Mientras Beto nos explica de desde cuáles eran los árboles más importantes para los mayas, hasta la impresionante acústica del lugar y el significado de las diferentes construcciones, yo no puedo dejar de observar y escuchar a quienes trabajan al interior de la zona y que venden todo tipo de artículos: llaveros, calendarios, collares, estatuillas, zarapes, playeras, cuchillos, piedras, postales, hermosas piezas de madera talladas a mano y con motivos mayas, etc.

Al pasar, ellos pronuncian ingeniosas frases para estimular nuestra atención:”Lleve un sombrero para que no se le quemen las buenas ideas” o “Llevele algo a la suegra aunque no se lo merezca”; pocos atienden la mercadotecnia oral.

De pronto y conforme seguimos avanzando, una nueva frase se apodera de mi atención: “llevelo por sólo cinco pesos, son precios de crisis”.

Volteo a ver el producto y es extraordinario. Este habla de un impresionante talento para transformar la madera. La calidad y el tiempo invertido no vale cinco pesos, pero sin duda eso nos habla de lo bajas que están las ventas. Y es que aunque miles de turistas visitan a diario la moderna maravilla del mundo, la competencia es demasiada y el valor agregado que pueden ofrecer estos productos es extremadamente limitado, sino que inexistente.

Es en ese momento cuando un nuevo golpe de conciencia vuelve a apoderarse de mi mente. Ayer yo estaba en un hotel de lujo, sin ninguna preocupación y casi abandonándome a mi ego porque mis posibilidades económicas me lo permitieron. Y no me malentiendan, no soy millonario, ni aspiro a serlo (y vaya que este viaje representó mucho esfuerzo y horas de trabajo), pero a veces los placeres hedonistas nos confunden y juegan con nuestra imaginación haciéndonos pensar que mientras más dinero, más bienes, más lujos y más experiencias en paraisos exóticos tengamos, más felices seremos. Pensar de esa manera es una rápida vía al egoísmo; nuestra ambición nos ciega y entonces somos capaces de todo con tal de obtener lo que deseamos.

Mientras tanto, los vendedores de Chichén Itza madrugan, cargan, montan sus puestos, se encomiendan para que la venta sea buena y derrochan toda su energía en la jornada laboral para lograrlo. ¿Cuánto conseguiran al día?, no lo sé, seguro varía y algunos días les alcanza para comer bien, otros no.

Termina nuestra visita guiada y es hora de dirigirnos a Merida; otro lugar de nuestra hermosa república mexicana que no tengo el gusto de conocer.

Al cabo de una hora y veinte minutos hemos llegado a la capital de Yucatán. El hotel está en el Centro Histórico, a sólo unas cuadras de la plaza central. Nuestro lugar de hospedaje es una vieja casa colonial remodelada y convertida en uno de esos llamados hotel boutique.

Nos registramos y el personal de la habitación nos informa que, por indicaciones de su gerente, nos darán una suite;  nosotros no nos quejamos. El cuarto es amplio, con un closet más grande que el de nuestro nuevo hogar–que evidentemente no usaremos porque nuestra estancia es de dos noches–y un baño que ya quisiéramos en el mismo.

Me meto a la regadera para quitarme el calor y descansar de la carretera. Una bata me espera a mi salida y no dudo en vestirla. Salgo y me acuesto por un momento en la cama. Una vez más no hay dolor, no hay preocupaciones y hasta me permito decirle a irónicamente a mi esposa: “mira cómo sufro”. Apenas término de pronunciar esas palabras y mi consciencia me invita a tomar mesura de mi placer.

Decidimos salir a conocer el centro histórico y de nuevo los vendedores ambulantes nos sorprenden con sus ingeniosas frases; identifican que estamos de luna de miel y dicen: “en amaca de buena calidad, donde duermen dos, amanecen tres”; nosotros reímos.

Y así muchos más te venden todo tipo de articulos. Me invaden pensamientos similares a los que tuve en Chichén pero ahora con un grado de admiración; todas estas personas se levantan temprano a conseguir el pan de cada día. La gran mayoría ,y por “cuestiones de la vida”, no tuvo la misma suerte que yo para estudiar. Quizá algunos terminaron la primaria, algunos más la secundaria, pocos la preparatoria y casi ninguno tuvo la oportunidad de pisar un salón universitario. En algún momento tuvieron que dejar sus estudios para ayudar a su familia a subsistir. ¿Cómo? Vendiendo lo que fuera, lo que había, lo que aprendieron a hacer. Aquí están todos los días esos vendedores, esperando a los que tenemos la gran fortuna de viajar, de conocer y de dejar de trabajar algunos días sin que el pan que nos alimenta cada día este en riesgo.

Pero la desigualdad social no ha llegado a su límite; metros más adelante veo a una persona que no está vendiendo nada, tan sólo sostiene un vaso de plástico blanco en su mano.

Avanzamos unos pasos más y observo que en el espacio entre su hombro izquierdo y su cuello hay un enorme tumor que instintivamente me invita a voltear la cara. Decido no hacerlo. Esta es la realidad de nuestro país, de nuestro planeta. El señor, ya entrado en años, seguramente pide limosma aspirando ahorrar lo suficiente para poder remover el tumor, pero muy probablemente apenas y le alcanza para comer.

Esa es la realidad de nuestro país, de nuetro planeta: algunos tenemos la gran fortuna de viajar y tomarnos vacaciones, otros no sólo nunca pisarán un cuarto de cinco o seis estrellas, sino que difícilmente podrán darse el lujo de tomar un día de descanso.

¿De qué sirve este texto que escribo?, ¿cómo cambia las cosas que vi en mi luna de miel? Las respuestas son sencillas: de nada y no las cambia, pero quizá la pregunta clave es, ¿si en verdad soy consciente de lo afortunado que soy?

José Manuel Guevara S.
Twitter: jmguevaras.

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4 thoughts on “La desigualdad social de unas vacaciones.

  1. Me encantó!! y si todos fueramos conscientes de lo afortunados que somos ayudariamos mucho mas a los que no son tan afortunados como nosotros, ojala lo puedieramos ver y ayudar mas a los necesitados de nuestro país.

  2. tambien me encanto tu narración de su viaje, y efectivamente y desgracidamente es muy grande la brecha de la desigualda social y poca gente de la sociedad voltea a ver la desigualdad que existe.

  3. La sensibilidad mostrada en tus percepciones, de pronto deja escapar algo de culpa, todos la hemos vivido cuando nos enfrentamos a lujos superiores a nuestro entorno cotidiano -casi siempre en viajes de placer o de trabajo-. Siempre que viajo me pregunto-¿Como será la casa de la camarera que arregla mi transitoria cama? Desafortunadamente, nunca he dado el siguiente paso. Hacer algo, lo mínimo que sea, ademas de dejar la propina o comprar un recuerdo a los vendedores. En la medida que preferimos cerrar los recuerdos culpables y solo confirmar los placenteros, somos culpables de la permanencia de esta tragedia social mexicana.
    Siempre aprendo algo de tus artículos.
    Gracias

    1. Guillermo:

      Una disculpa por responderte hasta hoy. Tu comentario me parece un análisis muy preciso de mi sentir en las vacaciones que relato.

      Por otro lado, te cuento que relacioné inmediatamente tu comentario con el budismo tibetano, en donde en una primera “etapa” lo importante es tomar consciencia y reflexionar sobre la realidad para procurar disminuir el sufrimiento y aumentar la felicidad auténtica. Es decir, primero es el individuo, pero un paso más allá es el de empezar a priorizar tus pensamientos, palabras y acciones en beneficio de los demás.

      Como tu bien dices, creo que muchos somos conscientes de la enorme desigualdad social que existe, pero no hacemos mucho más allá de dar una propina o una limosna. Ahora el siguiente y difícil siguiente paso es hacer algo que efectivamente impacte a estas personas que, al menos en términos económicos y de oportunidades, son menos afortunadas que nosotros.

      Muchas gracias por invitarme a reflexionar.

      Un saludo,

      JM

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