De la mente, los sueños y la realidad…

Despierto con el corazón agitado; un extraño ruido ha interrumpido mi sueño. Tomo asiento sobre la calma y agudizo mis sentidos; algo no está bien. Me quedo en silencio; solo escucho el viento y uno que otro coche,  son las 03:00 AM. Intento tranquilizarme y convencerme que todo está en orden, pero el miedo ha invadido mi sistema y mi pulso se acelera cada vez más.

Tengo nueve años y supongo que sentirme vulnerable ante la oscuridad es algo normal. Me acuesto de nuevo, pero apenas cierro los ojos y la mente empieza a jugar conmigo; otro ruido. Mi imaginación vuela y entonces empiezo a analizar las condiciones de seguridad de aquella casa en la ciudad de México. Mi conclusión es que no sería nada difícil que alguien se brinque la pared para robarnos, apenas unos días atrás lo habían intentado en la case del vecino.

No puedo dormir, soy esclavo del temor pero no quiero despertar a mis padres porque no sé si la amenaza es real o tan solo está en mi mente. De nuevo intento tranquilizarme y conciliar el sueño para apresurar la llegada del alba.

Tras un momento de calma, un nuevo ruido, esta vez más claro, estresa mi sistema de inmediato. Ahora estoy seguro, alguien intenta entrar a la casa. Me levanto de la cama y voy a la ventana. Me asomo con mucho cuidado, no quiero tener que enfrentar directamente los ojos del intruso. No veo nada.

Me quedo por un momento ahí parado, pero pronto decido que es hora de recurrir al resguardo de mis padres. Sin embargo, para llegar a su recamara debo cruzar un obstáculo que siempre me aterrorizó: un domo en la parte central de la casa, en donde en una pesadilla recurrente me imagino observar a un repugnante hombre que me saludaba a lo lejos con una mano, mientras sostiene un afilado cuchillo en la otra.

Tomo un poco de valor y me acerco a la puerta. Pongo la mano en la manija  y antes de girarla me propongo cruzar directamente y sin voltear hacia arriba. Abro la puerta y empiezo a caminar. Puedo sentir como la luz de la luna ilumina la casa a través del domo. “No voltees”, me digo a mi mismo pero la curiosidad es más fuerte y quiero demostrarme que ese temor está solo en mi mente. Detengo mi caminar y levanto la vista; el miedo aparece en una vigésima de segundo, aquel repugnante hombre está ahí y me saluda a lo lejos.  

Despierto con el corazón agitado.

Nuestra mente puede llegar a lastimarlos y los sueños son quizá el ejemplo más claro de esto. A pesar de que viven solo en nuestra imaginación, la mente tiene la capacidad de hacerlos extremadamente reales. Y es que las emociones y sentimientos que incitan los sueños, trascienden ese mundo.

En otras palabras, dentro del sueño, nuestra mente puede provocarnos s miedo, sufrimiento o desagrado. Por otro lado y ya fuera de ese mundo, la mente puede incitar nuevas fantasías, igual de insatisfactorias e influidas directamente por lo que imaginábamos mientras dormíamos.

La forma en que yo interpreté la realidad a raíz de la pesadilla estresó mi cuerpo advirtiendo una posible amenaza. En ese momento fui víctima de la emoción, y es que  cuando grandes cantidades de adrenalina se hacen presentes en nuestro sistema nos dejamos llevar por los instintos y no por la razón.

Quien piense que este problema de entender la realidad está relacionado únicamente con el mundo de los sueños y sus consecuencias, está equivocado; “La vida es sueño”.

Para el budismo tibetano, la incapacidad para entender la realidad tal cual es, es una de las fuentes principales de dolor para el ser humano. Y es que tendemos a interpretar la realidad como objetiva cuando esta siempre está sujeta a “los ojos del observador” (“No vemos las cosas tal como son, sino tal como somos” El Talmud)

Sí, tal y como yo le atribuía cualidades falsas a los ruidos que escuchaba en la noche, todos vamos por la vida etiquetando a las cosas y a las personas según nuestra experiencia, nuestras emociones y nuestros modelos mentales. Pero, ¿en verdad esas características le pertenecen intrínsecamente a ese sujeto u objeto?

Curiosamente—o no tantola tradición budista lleva más de mil años utilizando el sueño lucido para experimentar la naturaleza ilusoria de la realidad personal.

“Percatarse de que nuestra experiencia de la realidad es subjetiva, más que directa y real, puede tener implicaciones prácticas. De acuerdo con Tulku, cuando pensamos en todas nuestras experiencias como subjetivas y, por tanto, como un sueño, “los conceptos y las auto­identidades que nos han encajonado comienzan a caer. Al volverse menos rígida nuestra auto­identidad, nuestros problemas se vuelven más ligeros. Al mismo tiempo se desarrolla un consciencia en un nivel mucho más profundo”. Como resultado, “incluso las cosas más difíciles se vuelven agradables y fáciles. Cuando uno se da cuenta de que todo es como un sueño, alcanza la consciencia pura. Y la vía para lograr esta consciencia es comprender que toda experiencia es como un sueño” (Rodríguez, Javier).

Finalmente y a manera de conclusión: “La mente es reina”, y nuestra incapacidad para entender la realidad puede traernos mucho sufrimiento. De ahí, la importancia de hacer un esfuerzo por comprender la realidad de las cosas, tal cual es. 

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

Fuentes consultadas:

Rodríguez, Javier Tinajero, La Vida Es Sueño: http://www.casatibet.org.mx/2011/06/24/la-vida-es-sueno/

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