La Masacre de Colorado: responsabilidad compartida.

Sin duda alguna, siempre será indignante y reprobable una tragedia como la que se dio hace un par de días en un cine de los Estados Unidos (en Aurora, Colorado). Sin embargo y después de escuchar varias opiniones al respecto, me llama la atención cómo muchas personas (algunos comunicadores) se refieren a este lamentable incidente.

Evidentemente reprochan el suceso. Llaman loco, enfermo, drogado y deshumano al perpetrador del múltiple homicidio y está bien—son reacciones normales ante la repugnancia que provoca un hecho como este—, pero también creo que es un análisis bastante simple, fácil y limitado de la situación.

¿Qué es lo que estamos dejando de ver?

Una acción que fue personal (como el “tomar” la decisión de disparar dentro de un cine) está influida, directa o indirectamente, por muchos factores que a veces son tan reprobables como el hecho mismo.

Para calificar, analizar o reflexionar sobre una tragedia como ésta debemos considerar los genes, los actores de socialización (padres de familia, escuela, amigos, libros y medios de comunicación), las experiencias de vida y los grupos sociales que giran alrededor del asesino en cuestión.

Cabe señalar que al mencionar estos factores no busco justificar al perpetrador, sino ir más allá y dejar en claro que en este tipo de incidentes la responsabilidad suele ser compartida, aunque sea uno solo el que dispare.

Incluso cuando un individuo tiene genes propensos a la psicopatía, este no necesariamente se convertirá en un asesino a sangre fría, dependerá de su relación con los ya mencionados actores de socialización y el con entorno en donde se desarrolle. Por ejemplo, si desde pequeño en casa lo estimulan a desarrollar empatía, será mucho menos probable que algún día lastime fatalmente a otro individuo.

¿Enfermo, loco o deshumano?, sí, pero hasta dónde está contribuyendo la sociedad (en este caso la estadounidense) para propiciar este tipo de tragedias que cada vez son más frecuentes y “normales” en el vecino país del norte: ¿Cómo están educando los padres a sus hijos?, ¿Se preocupan por ellos?, ¿Los cuidan de malas influencias?, ¿Cuál es el ambiente en la primarias y secundarias?, ¿Hay un compromiso en el sistema educativo para humanizar a los alumnos?, ¿Qué programas de televisión consumen?, ¿Leen?, ¿Qué leen? y ¿Con quién se juntan?.

Es una realidad que las personas que viven en un ambiente hostil tienen mucho más probabilidades de volverse violentos. Y por supuesto, no es una casualidad que estas lamentables masacres se repitan año con año en los Estados Unidos, pero la culpa no es solo del individuo, sino de una parte de la sociedad también.

Finalmente y a manera de conclusión, de este lado de la frontera no nos salvamos. En los últimos años, los mexicanos nos hemos acostumbrado a despertar con terribles noticias; leemos en los diarios sobre ejecuciones, desapariciones y ajustes de cuentas, escuchamos camino al trabajo sobre la trágica muerte de jóvenes estudiantes, sobre la aparición de dos cuerpos con el tiro de gracia en un camino de terracería y sobre un hombre que golpeaba a su esposa e hijos cada vez que llegaba en estado de ebriedad a su hogar. Periódicos, revistas, redes sociales, el radio y la televisión nos recuerdan todos los días que la “torpeza emocional” convive con nosotros.

Nuestro entorno también se ha violentado y esto representa un enorme riesgo para nuestro futuro como país. La sociedad mexicana debe reaccionar inmediatamente, debemos condenar la violencia en todas sus formas, estimular la empatía en niños y jóvenes (en la casa y en las escuelas), debemos predicar con el ejemplo, practicar la tolerancia y procurar autoregular nuestras emociones en el tráfico, en el trabajo y en la casa; “La violencia crea más problemas que los que resuelve, y por tanto nunca conduce a la paz”. Martin Luther King

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras

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