Una celebración bicentenaria en New York.

Fotos por: Margarita Cortés Navarrete.

La semana pasada tuve la oportunidad de viajar a la increíble ciudad de Nueva York. Desde mi particular punto de vista, cualquier viaje este lleno de lecciones y aprendizajes. A lo largo de esta semana quiero compartirles algunas de estas experiencias, las que marcaron esta travesía y las que más me invitaron a reflexionar.

Por asares del destino, me toco vivir el “tan” ansiado bicentenario en New York. Pero hoy, no quiero hablar de lo que representó esta celebración históricamente, no quiero hablar de sus  connotaciones políticas, ni de los intereses detrás de esta fiesta, no quiero hablar de los funcionarios públicos, ni de columnas inconclusas, no quiero hablar de despilfarro de dinero y no quiero cuestionarme una vez más ¿Tenemos  algo que celebrar?

Lo que sí quiero compartir con ustedes, es lo que observe en una fiesta organizada por el consulado de México en New York.

La cita era a las 6pm en el gimnasio de una escuela en Brooklyn. Desde que salimos del metro (Los amigos con los que viaje y yo),  empezamos a reconocer palabras, acentos, formas de expresarse, colores y por supuesto, no podía faltar la playera de la selección nacional.

De pronto, las calles de Brooklyn se trasformaron en la explanada de cualquier estadio de futbol, se vendían banderas, sobreros, matracas y cintas para el pelo.

La presencia policiaca era notable y a la entrada del gimnasio, un grupo de aproximadamente 150 personas, gritaba, exigía y reclamaban porque nadie les aviso que se necesitaba un boleto para entrar al evento, las entradas  estuvieron disponibles en el consulado en días anteriores. Desconozco cuales fueron los medios por lo que el consulado dio a conocer la celebración (nosotros nos enteramos gracias a la red social FACEBOOK), pero familias completas—con niños pequeños que quizá nunca han pisado territorio nacional— aguardaban por una oportunidad para reconocer, saborear, oler y palpar un “chachito” de su México. No sé si llamar desorganización al acontecimiento a las afueras del gimnasio, pero algo en esa dinámica me era familiar. Finalmente y con la promesa de poder acceder si había espacio, el personal del servicio exterior mexicano intentaba tranquilizar a la gente.

Al interior la combinación de de elementos era “extraña” e interesante; un tradicional gimnasio de escuela estadounidense, de esos que se ven una y otra vez en las películas, convivía  con cientos de símbolos  “nacionales” y con un claro reflejo de nuestro país:

Globos,  trompetas y banderas de México ondeando de un lado a otro. Personajes de traje, parecen decir cosas importantes pero nadie los escucha sin embargo, al gritar ¡Viva México¡ todos responden.

Una mezcla de clases sociales en donde los que menos tienen, son mayoría, un bebe que llora, él no entienden porque la gente hace tanto ruido, su padre porta una gorra de los NY Yankees pero al mismo tiempo la playera del tri.

Niños felices, quizá no comprenden del todo el motivo de la celebración, pero se dejan contagiar del ambiente de fiesta— que tanto amamos los mexicanos— y portan orgullosamente una playera con el nombre de nuestro país.

Jóvenes que estudian en las mejores universidades de la ciudad, jóvenes turistas extasiados por su primer viaje a la gran ciudad, jóvenes que trabajan en calidad de inmigrantes, como meseros, en una tienda de autoservicio o en la construcción y que quincena a quincena mandan esos dólares tan importantes para sus familiares, pero también para la economía nacional.

Adultos que desconocen si algún volverán a “casa”, gente mayor que al ver la realidad de nuestro país, ya no piensan en regresar. Bailes, trajes y comida típica, algunos dueños de restaurantes que han triunfado en esta ciudad—mi más grande admiración para ellos-prestan sus servicios y ofrecen una interesante variedad de comida mexicana.

Una bandera en donde se ha sustituido el águila y la serpiente por la Virgen de Guadalupe—la morenita del Tepeyac no podía faltar a la celebración. La nostalgia se respira en el ambiente, la fiesta no era para nosotros los turistas, era para miles de mexicanos que llevan meses y años lejos de su país, un país en donde no encontraron la oportunidad para darle una mejor vida a sus familias, pero no importa, porque México sigue en sus raíces y eso es suficiente para seguir  amándolo y añorándolo.

Finalmente, un anuncio que causa revuelo entre los asistentes, El Empire State se vestirá de verde, blanco y rojo en esta noche, una noche cada 200 años. Miles de mexicanos—y que cada año son más—gritan emocionados ante la noticia, nunca antes la bandera nacional había “ondeado” tan alto en territorio estadounidense.

José Manuel Guevara S.

Twitter: jmguevaras.

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